A menudo pienso en Dafne.
Dafne y su mirada errabunda. Dafne y su entrañable plática. Dafne y sus pequeñas tetillas cosidas a la ropa. Dafne, Dafne, Dafne.
La recuerdo con ese aire neo-hippie que tanto proliferó en la década pasada. Los noventa fueron testigos del auge de toda una generación de lo más prometedora. Mucho, muy mucho prometedora. Gente siempre dispuesta para la buena acción del día.
Dafne era de aquel tipo de peña rara. Se montaba unas movidas de lo más flipantes. Yo creo que de veras llegó a pensarse sumamente especial; ya sabéis, especialísima al punto de soñar que estaba destinada a cambiar el rumbo de las cosas, a retorcerlas heroicamente como si se tratase de una nueva reencarnación del Che.
Joder, yo sólo podía mirarla boquiabierto cuando hablaba de todo aquello. Que si los delfines, que si la tala amazónica, que si el agujero de ozono (¿a quién coño le importaría el potorro de una japonesa?). Bueno, lo cierto es que yo me enteraba de más bien poco. Por no decir de nada, o de casi nada.
Yo sólo quería follármela.
Con todas mis ganas, con todas mis putas fuerzas. Follármela. A lo bestia, moderadamente, con suma suavidad. Como fuera. La imaginaba comiéndome la polla en la esquina de un ruinoso cuarto del Ateneo. Me imaginaba sobándole el coño por detrás mientras chupaba sus tetillas. No sé, vivía en una especie de sueño incandescente a su lado. Y así mucho tiempo.
No recuerdo exactamente cuando se enrolló con el tío aquel que tenía tanta pasta. No fue un cambio radical, supongo, o al menos yo no lo percibí así. Fue algo paulatino. Lento pero seguro. Poco a poco, dejó de venir al local. La fui viendo cada vez menos y con cada vez con más espacio de tiempo entre ocasión y ocasión. Lo mismo yo que el resto de inútiles que andábamos por allí.
Creo que alguien me dijo hace unos días que se casó hará un par de meses. Con el tipo aquel, por supuesto, el de la mucha pasta. Que se marchó a otra ciudad a tomar por culo, lejos de la hostia, con la firme convicción de no volver nunca.
Esta mañana me levanté pensando en ella. Tenía un culo verdaderamente bonito. Ni delgado ni gordo: en el punto justo. La de veces que perdí la cabeza siguiendo aquel vaivén de nalgas encajadas en mallas viejas.
Me masturbé y me corrí como si tuviése cántaros y cántaros de esperma en vez de cojones.
Después me duché, me bebí un vaso de zumo y me marché al trabajo.
